martes, 16 de septiembre de 2014

¿Cuánto vale mi vida?

¿Cuánto vale mi vida?

El mundo es un lugar violento, hostil, ciego, sordo y mudo. Vivimos donde las personas no decidimos el futuro, este lo diseñan los hombres en trajes, que viajan a diario en sus lujosos Rolls Royce desde su amoroso hogar, con un hijo mayor alto, rubio y consumado deportista que busca una beca con ansias en una universidad de prestigio; su esposa, la devota ama de casa que sabe todos los trucos para no dejar ni una sola línea mientras plancha y su hija, la pequeña mujer en entrenamiento que se prepara para ser el reflejo exacto de su madre, la familia ejemplar.

Pasamos una guerra, estamos en otra y quien sabe, y demás que sí, vendrán unas peores y quien nos da la opción de querer participar o escapar de esa matanza y crueldad sin sentido, pero las mujeres seguimos rezagadas y dominadas, siempre obedientes y prestas para complacer y concebir; en lo único que podemos dar nuestra opinión es en la ropa que nos gustaría usar, bueno luego que el macho dominante nos dé su aprobación y pague por lo que nosotras también podríamos hacer; en el momento que salgamos a la calle podremos tener ese pequeño sentimiento de que fuimos parte de una decisión y la elección fue enteramente nuestra, si tenemos suerte.




Esa niña que aprende a poner la mesa debería ser nuestra voz y su madre la encargada de guiar esa misma hacia un mejor horizonte, pero mientras que sigamos cabalgando aquel pavo majestuoso y exótico de plumas blancas con nuestro último atuendo de Poiret o Doucet al que llamamos conformismo, ese sueño de libertad y de voz será imposible de alzar, este yugo que llevamos todas es nuestra cruz pero que a diferencia a la de Jesús esta la escondemos al público para evitar el que dirán y la engalanamos con todas las cosas superfluas y sin sentido que nuestros maridos nos podrán regalar; al fin y al cabo ser tratada como una como una ciudadana de segunda clase es mejor que al de una pensadora, una líder y una visionaria.



viernes, 12 de septiembre de 2014

CAFÉ EN GARMOND

CAFÉ EN GARMOND






Era 1989 y tenía 15 años cuando obtuve mi primer trabajo en la panadería del buen Monsieur Pierre Garmond, la Rivière Boulangerie, era pequeña pero exquisita, con grandes ventanales en las cuales el sol abrazaba a sus comensales todos los días a las 8 de la mañana y atraía sus olfatos al dejar salir el olor de los baguette recién salidos que intoxicaba placenteramente la calle a sus extremos, hasta que la luna y las estrellas les recordaba volver a casa, aunque en mi caso me recibía un poco más temprano que a ellos, más exactamente 30 minutos antes. Yo era la encargada de limpiar el lugar y Monsieur Gramond me daba por eso dos piezas de pan que utilizaba como merienda para la escuela, luego volvía y me daba dos marcos por cerrar el lugar; de cualquier manera mi familia y yo teníamos que conseguir dinero, !La Troisième Republique nos dio gratis el estudio pero no la comida, en todo caso ¡Dios salve a Monseiur Ferry!


Maestro este fue el lugar donde vi aquella revista que contenía un lenguaje extraño pero que en su interior las imágenes más extraordinarias que haya podido ver y aunque sus páginas se encontraban gastadas y dobladas en las esquinas y como olvidar aquella gran mancha de café que diluyó su portada, no perdía su belleza o al menos para mí seguía intacta y maravillosa, tal vez no lo suficiente para la mujer que sin yerro o afán decidió tirarla en el cesto de basura cerca de la caja, suerte para mí.


Estas imágenes, o al menos unas menos bellas, las había podido ver en los platos que las familias adineradas tenían, esto lo sé porque una vez camino al liceo, en el basurero de una mansión cerca de la opera habían botado un montón de ellos, todos rotos en mil pedazos, me imagino que por error de su sirvientes, me quede observándolos y tratando de unir las piezas hasta que con escobazos me sacaron del lugar, pero lo poco que pude armar eran retratos de damas con atuendos estupendos que reflejaban una vida sin preocupaciones y llenas de lujo.



Con permiso de mi patrón pude llevarme la revista a casa. Veía esta revista todas las noches, una y otra vez, la última aun mas impresionada que la anterior y menos que la siguiente, soñaba con estas imágenes de una vida plena y fantástica, llena de amigos, comida y champagne exquisitos, hasta que un día mi madre decidió botarla porque en su humilde raciocinio pensó que mi poco tiempo de estudio se iba con aquello que para ella era un pasquín en pro de la monarquía. Estuve desolada por aquella incomprensión de mi madre pero en un momento de llanto una idea paso frente a mis ojos, era atrevida y pero decidí tomar el riesgo. Yo sabía que un grupo de 3 jóvenes que se reunían en la panadería todos los jueves a las 6 menos cuarto eran artistas, yo les iba a pedir que me enseñaran a pintar.


Y así fue como al siguiente jueves, a la misma hora de siempre llegaron los 3 jóvenes artistas, Monserieur Garmond me dijo que uno, el más joven, era Pierre Brissaud hijo del doctor Edouard Brissaud; el más guapo pero más cauto era Georges Barbier que también era el primo de Pierre Brissaud y el último era el más talentoso pero que su antipatía lo hacía insoportable era Paul Iribe, uno de los descendientes de la familia Basque.
Como era de esperar fue una completa perdida humillante de tiempo, todos rieron de mí, pero no iba a desistir. Tras dos meses de insistencia, el joven Iribe me dijo con un tono irónico, El arte no se enseña, se pule; el próximo jueves espero una ilustración hecha con tus propios dotes, si me logra convencer, y no lo creo, yo seré el encargado de pulir tu minúsculo vestigio de talento. Agradecida le dije -así será.



El jueves siguiente tras servirle sus acostumbradas bebidas y pocos minutos antes de cerrar le mostré mi dibujo, lo miró, se rio, se mofó con sus amigos de mi esfuerzo y de un solo tirón lo rompió en mi cara. Me sentí desolada maestro, si le puedo ser honesta, nunca me sentí en una posición más devastadora y vulnerable en mi vida. Tras es eso me dijo, tu primera lección empezó hoy, soportar la crítica es primordial en este negocio, nos vemos a las 7 de la noche en mi taller
Todos los días a las 7 de la noche durante los siguientes 3 años eran mis clases de dibujo, técnica y color, fue difícil seguirle el ritmo a alguien tan perfeccionista y crítico pero cada día me fortalecí más y más, hasta cuando dijo que estaba lista para estudiar con otros artistas y fue así como empecé a estudiar y ser el asistente de sus amigos, los mismos que aquella vez rieron de mí.
Maestro hoy le digo adiós hasta que el creador decida ponernos frente a frente una vez más, y le digo gracias por transmitirme sus conocimientos, soy virtuosa por haber tenido el placer de compartir con usted estos últimos 34 años, ser confidente de sus aventuras y  honrada de ser su discípula y feliz de ser su amiga

MADELEINE LESOIR